Fuerte y firme en sociedad por el Huila

Archivo Tertulia

Impactos : Iván Márquez, ¿jefe de debate de Uribe?

Colombia no aceptaría una Constitución impuesta por un grupo en armas, como parecen pretender las FARC y sus pocos amigos no armados en el país. Si quieren cambiar la Constitución de 1991 - a la que ahora acusan de que bajo su imperio “el país ha cobijado la más cruda de las desigualdades, ha vivido uno de los periodos de mayor violencia y de impunidad, y ha alimentado a uno de los clientelismos más rampantes” (acusándola así de los males eternos de la Nación a los que ella pretendió poner fin), las FARC deben primero firmar el acuerdo de paz, dejar las armas, e ingresar a la política nacional pacíficamente,-y ahora lo podrán hacer con sus amigos con el partido Unión Patriótica al que se le ha devuelto su legitimidad, como débil compensación al genocidio de que fueron víctimas-; y en ese ambiente proponer y lograr la mayoría para profundizar la democracia en Colombia que actualmente es en realidad una vergüenza, no porque lo diga el señor “Timochenko”, con poca autoridad para pontificar sobre el tema, sino porque lo vivimos la mayoría de los colombianos, conscientes de que, si ello es así, es en buena parte por la existencia misma del conflicto armado, por lo cual es necesario y urgente su terminación. No porque con ella se eliminen todos los problemas nacionales, sino porque es el primer paso ineludible para lograr, entre todos, las profundas transformaciones que ansía el pueblo colombiano. 

Y en tanto, la ahora débil insistencia de Iván Márquez en considerar la Constituyente como la única “llave de la paz”, tesis un poco matizada por otros voceros de las FARC en un gesto bien importante para lograr el anhelado acuerdo, no sirve sino a los intereses políticos del guerrerista “gran colombiano”, como si Márquez fuera en realidad el jefe del debate de su reaccionario grupo político, alimentado en sus propósitos electorales por el radicalismo del sector más extremista de las FARC liderado por Márquez. 

Los extremos se tocan, y ahora parecen unidos en su oposición a la Constitución del 91, con sus indudables avances democráticos como la tutela, los extremistas de las FARC y los partidarios del “gran colombiano”, cuyas huestes crecen en la medida en que avanzan los sectores guerrilleros más radicales y se vuelven más dogmáticos en sus tesis. Mucho nos tememos que si insisten en la Constituyente, las FARC servirán de “idiotas útiles” del uribismo para volver al poder, al que llegaron en 2002 como reacción contra ellas; no lo olvidemos. 

Y todo esto lo decimos para reafirmar nuestro absoluto apoyo a las conversaciones de La Habana, que deben culminar con la firma de la paz, la inserción de las guerrillas en la política nacional, el respeto al partido que apoye o surja de ese acuerdo, es decir, sin repetición del genocidio de la Unión Patriótica; y, como culminación de todo, el avance social, económico y político de un país que, así, está llamado a ser uno de los mejores del mundo por sus enormes potencialidades inclusive geográficas, con todos los climas, tres cordilleras, bañado por dos mares y ríos majestuosos, y un pueblo inteligente y laborioso digno de mejor suerte de la que ahora sufre.