Tertulia del 27/11/2018
“22 DE JULIO”, LA PELÍCULA QUE RECUERDA LA MASACRE TERRORISTA EN NORUEGA EN 2011: UN HOMENAJE Y UNA ADVERTENCIA
Desde los primeros interrogatorios afirma formar parte de un grupo político de orientación cristiana y conservadora autodenominado “Los Templarios”, que le ha encomendado esas dos primeras acciones, pero que vendrán otras más si el gobierno no modifica su política migratoria, en especial la que permite el ingreso al país de musulmanes y comunistas. Agrega estar autorizado para negociar y pide entrevistarse con el Primer Ministro. Mantiene una pasmosa tranquilidad y no manifiesta el menor reato de conciencia por las muertes y los daños causados, según él, al grupo político que dirige el gobierno: “Nuestro ataque estuvo dirigido a los hijos, declara, porque es lo que más aprecian”.
La 2ª parte de la cinta está dedicada a describir las etapas del juicio al terrorista, a la vez que a la recuperación física y psicológica de los sobrevivientes y sus familias y al duelo de las que perdieron a sus hijos. De manera equilibrada, dando voz a los argumentos del inculpado pero sin hacer de ellos ni burla ni apología, mostrando la angustia y el dolor de las familias de las víctimas sin incurrir en exagerado melodramatismo, la obra deja que el espectador tome partido y saque sus propias conclusiones.
Pero el mensaje central que nos deja tanto el ataque terrorista del 22 de julio como la película que nos lo recuerda, se yergue como un fantasma aterrador: el brutal discurso racista y xenófobo del joven noruego es compartido actualmente por millones de personas que se agazapan o que se muestran desafiantes, en los partidos de ultraderecha en el mundo: es el discurso anti-inmigrantes que llevó al poder a Donald Trump ( millones de norteamericanos piensan como él, se identifican con él, incluso miles de latinos inmigrantes que lograron entrar al país hace unos cuantos años ) y que hoy está dispuesto a rechazar ( por ahora con gases lacrimógenos y balas de goma ) a los miles de campesinos hondureños que intentan saltar las vallas fronterizas y avanzar por entre los miles de soldados que los atajan. Son los centenares de frágiles barcazas atestados de niños y ancianos africanos que huyen de la miseria y el atraso de sus países de origen y son dejados a su suerte (que es otra forma de matarlos) frente a las costas europeas del norte del Mediterráneo. Son las oleadas de asiáticos (cuyo símbolo es el cadáver del niño sirio traído por la marea a la costa de alguna de las islas del mar Egeo), que no quieren ser recibidos por los países europeos quienes, en gran medida, son los responsables de las condiciones invivibles de los países que por siglos explotaron y saquearon. Son los cerca de 3 millones de venezolanos que abandonan su tierra, sometida a la corrupción, la injusticia y la tiranía como corolario de una torpe experiencia política, y no encuentran cobijo, ni alimento ni trabajo y sí, rechazo y hasta expulsión violenta de parte de sus hermanos latinoamericanos que ahora viran a la derecha.
Y hasta la misma Noruega, que hasta 2017 había recibido 725.000 inmigrantes y 160.000 hijos de inmigrantes nacidos en su territorio, ha empezado a cerrar sus puertas a los pobres del mundo: como consecuencia del ataque terrorista de 2011 los partidos de ultraderecha aumentaron sus escaños en el parlamento y lograron modificar sus políticas de asilo e inmigración.