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Tertulia del 18/10/2018

LA FORMA DEL AGUA, LA MEJOR PELÍCULA DEL AÑO

El relato no carece de momentos de suspenso pues el proyecto debe permanece en el más absoluto secreto: ella, sin embargo, en razón de su oficio de aseadora tiene acceso a la piscina donde se mantiene al “activo” (nombre en código a que se refieren al monstruo en el laboratorio) y logra secuestrarlo cuando se entera de que los militares que dirigen el proyecto deciden matarlo para completar el análisis. 

El antagonista de esa extraña pareja de amantes es el responsable de la vigilancia del proceso para que el hecho no trascienda a la opinión pública, un obsesivo y abusivo individuo, fanático de su empleo y de su autoridad, que no duda en echar mano de métodos violentos y en contravía del respeto por los derechos humanos con el fin de cumplir con su misión, en nombre de la ciencia y de la seguridad nacional.

El argumento hace alusión a un “clásico del terror” (“El monstruo de la laguna negra”) que cuenta el hallazgo de un semihumano anfibio en los ríos de la selva tropical del Amazonas, durante los comienzos de la “guerra fría”. Pero la cinta actual ubica el laboratorio en la ciudad de Baltimore en los años 60. 

La cinta contrasta la indefensión e inocencia de “el recurso” ( como algunos empleados también llaman al monstruo  y al que alude el título en español de la película como ”la forma del agua”, vale decir, la cosa esa que está dentro del agua ) y la sencilla mujer que encuentra en ese ser mitad animal y mitad hombre un igual en su limitación de habla y en la soledad de su existencia y la incita a un intercambio de afecto, que termina convirtiéndose en ardoroso romance), contrasta, digo, con la crueldad e inhumanidad de los guardianes, en quienes el espectador identifica a los alguaciles sureños que con frecuencia hemos visto aparecer en las noticias de televisión apaleando o disparando contra la gente de color o aterrorizando a los manifestantes de los derechos humanos. 

Pero en cambio miles de verdaderos seres humanos del mundo actual son considerados y tratados como subhumanos: niños con retardo mental o parálisis cerebral, que a sus 15 o más años viven como si tuvieran 5, abandonados por el Estado, sin la atención médica oportuna y adecuada, reducidos a un camastro, objeto de compasión, vergüenza o abandono de sus propias familias. Miles de niños de la Guajira en Colombia o en cualquier otro departamento del país, mueren de hambre o sufren retardo mental por desnutrición. Millones de venezolanos deambulan por nuestras ciudades y nuestras carreteras, durmiendo en cambuches o en los andenes de nuestras ciudades capitales. Millones de africanos abandonan su continente en barcazas que naufragan en el Mediterráneo y los cadáveres llegan a las costas europeas, ante la fría insolidaridad del resto del mundo y, en su dolor y angustia estos seres solo encuentran eco en la generosidad y hospitalidad de sus iguales, de los demás necesitados, como ellos.